
Las relaciones se mueven solas y a ritmos insospechados, de repente están aquí y a otro momento están en cualquier parte, pueden estar en su mejor apogeo y al segundo siguiente se dejan sin más ni más.
Así sentía mi vida con Michael, moviéndose a velocidades diferentes, pero en este momento estábamos juntos de nuevo, sabiéndonos enamorados y correspondidos.
Pero justo cuando todo parecía marchar bien entre nosotros, me ocurre esto.
Un desmayo y la oscuridad reino en mi mente.
No sé cuánto tiempo paso después de eso.
Comencé a escuchar voces a lo lejos y una cortina de luz sobre mis ojos me hizo despertar y los abrí lentamente.
El techo era blanco, miré hacia abajo encontrándome en una cama con una bata puesta.
Me incorporé pero algo jalaba en mi brazo, era un suero.
-¿Elizabeth? ¿Te sientes mejor?
Restregué mis ojos para mirar mejor quien era.
-¿Mario? ¿Dónde está Michael? ¿Dónde estoy?
Me empujó suavemente por los hombros para volverme a acostar.
-Michael estuvo aquí toda la mañana, hace un momento se marcho pero no quería irse, regresará pronto, estas en un hospital en los Ángeles, has dormido todo un día, Michael te cuido todo el trayecto, se ha cerciorado que tengas los mejores cuidados.
Parpadee tratando de comprender.
-Pero ¿qué sucedió? ¿Por qué dormí tanto?
-Es lo que no sabemos, los doctores te han sacado muestras para hacer análisis y saber que sucedió.
-Quiero irme-. Gire en la cama decidida a marcharme de ahí.
Una voz que íba entrando detuvo mis impulsos.
-¡No!, no lo harás, esperaremos hasta que el doctor te deje salir-. Era Janet, y detrás de ella entraban Lety y Rosie.
Rosie se paró a un lado de mí, apuntando con su dedo índice alrededor de la habitación.
-¿Pero no te has dado cuenta lo maravilloso que está tu cuarto?
En realidad no había mirado bien el lugar, había rosas y flores de todo tipo por doquier, el aroma que expedían era exquisito, había también peluches, cartas.
Extendí una mano para tomar un sobre y lo abrí.
“Linda:
Estoy muy preocupado, pero sé que estas en buenas manos, estaré siempre al pendiente de ti,
Sabes que cuentas con mi apoyo, te amo y lo que único que me importa en este momento es que estés bien.
Con todo mi amor:
Michael. “
Escuche suspiros detrás de mí.
-Elizabeth, eso es tan romántico-. Rosie es tan enamoradiza, la derretían estos detalles.
En cuestión de minutos el doctor hizo su entrada.
-Buenas tardes, ¿Cómo se siente la paciente?-. Se dirigió a mí acomodándose las gafas.
-Bien, estoy muy bien, ¿Cuándo puedo salir de aquí?-. Estaba ansiosa por irme.
-En este momento se puede marchar, no sabremos qué es lo que tiene hasta que los resultados estén listos.
-¿Es algo grave doctor?-. Preguntó Mario inquieto.
-Ustedes no se preocupen, en un par de días lo sabremos, por cierto hay una limousina esperando por usted afuera-. Guiño el ojo, y ya sabía de quien se trataba, el doctor se acercó a quitarme el suero y sin tardanza corrí a vestirme, pedí que llevaran todos los arreglos de flores a mi casa y acto seguido salí prácticamente volando de ahí.
-¡Espera Elizabeth!-. Gritaban mis amigos detrás de mí.
Al bajar noté como había gente curiosa rodeando el elegante carro y de un solo impulso entré.
-Michael-. Lo abracé tanto como mis brazos me permitían rodearlo.
-Linda, ¿estás bien? Estaba tan preocupado por ti.
Sus suaves y gentiles manos me acariciaban, y sus besos eran reconfortantes, era imposible separarnos en ese momento.
Una tos seca nos sacó de nuestro mundo.
Volteamos y los chicos ya estaban dentro, esperando para partir.
Michael se ponía rojo cual tomate y solo se acomodó los lentes oscuros, estábamos listos para irnos a Neverland, pero solo nosotros, mis amigos los dejaríamos en sus casas.
Había extrañado este lugar.
Las cosas se ponían solas en su sitio tal cual rompecabezas, donde cada pieza encaja a la perfección con otra.
Michael decidió prepararme por el mismo una rica comida, tostadas francesas.
Sonreíamos y jugábamos, platicando y contando chistes, todo parecía perfecto, pero nunca solté la bolsa de mano, ya que guardaba algo celosamente.
Me despedí para cambiarme antes de comer, y a la vez tenía otros planes que Michael aún no podía saber, de hecho, yo misma moría de los nervios de solo pensarlo.
De la farmacia del hospital había sacado una prueba de embarazo.
No podía esperar por los resultados.
Pero si salía negativo no quería decirle a Michael, no podría verlo triste.
Solo serían cinco minutos los que debía esperar.
Deje la prueba sobre el buró, mientras entré a bañarme, no quería que la ansiedad me carcomiera, y con el agua tibia sobre mi espalda, deje que el tiempo hiciera lo suyo.
Un ruido me sacó de mis pensamientos, me envolví en una toalla y me asomé al cuarto.
Michael se encontraba ahí, había visto la prueba y estaba absorto mirándola.
Mi corazón parecía salirse del pecho.
¿Será negativo o positivo?, no podía verle el rostro pues me daba la espalda.
Se acercó a la puerta con la prueba entre sus manos y salió de ahí.
-¿Michael?-. Estaba consternada.
¿Qué habrá visto?
Corrí a vestirme para alcanzarlo.